La Señora de los Animales: Mitología (Potnia Theron)

Potnia Theron (La Señora de los Animales) es un término utilizado por primera vez por Homer (Ilíada 21. 470) y usado a menudo para describir las divinidades femeninas asociadas con los animales. La palabra Potnia , que significa señora o señora, era una palabra griega micénica heredada por el griego clásico, con el mismo significado, cognato al sánscrito patnī.
 
La mención de Homero de potnia theron se piensa para referir a Artemis y Walter Burkert describe esta mención como "una fórmula bien establecida". A menudo se supone que una deidad tipo Artemis, una 'Señora de los Animales', existía en la religión prehistórica y con frecuencia se la denominaba Potnia Theron, con algunos eruditos postulando una relación entre Artemis y las diosas representadas en el arte minoico y " Potnia Theron se ha convertido en un término genérico para cualquier mujer asociada con animales".
  
Muchas representaciones utilizan una versión femenina del motivo antiguo extenso del amo masculino de animales, demostrando una figura central con una forma humana que agarra dos animales, uno a cada lado. La más antigua representación ha sido descubierta en Çatalhöyük. Otro ejemplo del thernia de Potnia se sitúa en el Museo arqueológico civil de Monte Rinaldo en Italia: la placa ilustra diosa que lleva con un vestido largo y sostiene las manos dos panteras.

El hombre muerto: Horacio Quiroga

Charon, Greek mythology
El hombre muerto es un relato del escritor uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937), publicado originalmente en la edición del 27 de junio de 1920 del periódico La Nación, y luego reeditado en la antología de 1926: Los desterrados.


Horacio Quiroga (1878-1937)

El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla.

Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.

Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.

El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia.

La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro.

Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano!

Sindrome del hombre-lobo (Hipertricosis)

La hipertricosis, una enfermedad rara de origen genético que se caracteriza por la abundancia de pelo en todo el cuerpo excepto las palmas de las manos y las plantas de los pies. Es más grave que el hirsutismo: no se controla con tratamientos hormonales (actualmente se recurre a la depilación láser, pero se debe repetir porque no trata el origen del problema) y el largo del pelo —más suave en las mujeres, más áspero en los varones— puede llegar a los 25 centímetros.

El Síndrome del Hombre Lobo o Síndrome de Ambras, como también se llama a la hipertricosis, se debe a una mutación genética: en 1995 el genetista Xue Zhang encontró genes sobrantes en el cromosoma X de las personas con este mal. Normalmente la transmisión es de padres a hijos —la alteración no se manifiesta de manera espontánea— pero no todos los hijos de padres con hipertricosis la van a desarrollar.

La asociación con el hombre-lobo se debe, entre otras cosas, a que el primer caso que se documentó se dio en la Edad Media: Petrus Gonsalvus y su familia fueron exhibidos como tales en el siglo XVI. Bárbara Urselina sufrió el mismo destino un siglo más tarde. Entre los registros posteriores se cuentan la pequeña tailandesa Krao, que se mostró en Inglaterra como el eslabón perdido en la evolución del mono al hombre, y los campesinos rusos Adrian y Fyodor Jeftichew.

Charles Darwin escribió sobre un caso, el de Julia Pastrana, una mujer indígena de México nacida en 1834, a quien el promotor de ferias Theodore Lent compró para su exhibición en los Estados Unidos y Europa: "La mujer peluda y barbuda", denominó al espectáculo. En La variación de animales y plantas domesticados, Darwin la describrió: "Fue una mujer muy fina, pero tenía barba masculina y una frente peluda; fue fotografiada, y su piel velluda fue mostrada como si fuera un espectáculo en sí mismo".


Fragmento del artículo: http://www.infobae.com/america/mundo/2017/02/15/el-sindrome-del-hombre-lobo-la-extrana-enfermedad-que-se-transmite-de-padres-a-hijos/

Porfiria (o el mal de los Vampiros)

La Porfiria es un fenómeno similar a la licantropía y la hipertricosis, solo que esta enfermedad es aún mas cruel, devastadora y dolorosa para la persona que la sufre, y que se denomina científicamente Porfiria.

Esta dolencia afecta al sistema fisiológico y mental producida por un gen recesivo que provoca dolencias en la columna vertebral, con lo que al deformarse ésta, obliga al enfermo a andar a cuatro patas, se le enrojecen los ojos y los dientes, que dan aspecto de que están afilados, tiene depósitos de porfirina y le produce fotofobia, es decir, debe vivir y salir solamente de noche puesto que la luz le daña los ojos y la piel, si el sujeto llegase a exponerse durante el día, el sol le quema la piel debido a que es demasiado sensible a la luz, produciéndole quemaduras y en casos graves, la piel se le cae a pedazos o desaparece completamente del área afectada, como por ejemplo en los labios, donde la piel que es mucho mas delgada, puede desaparecer por completo y los dientes estarían completamente expuestos.

Se padece también de hipertricosis, es decir, hay alargamiento anormal del pelo en todo el cuerpo excepto en las palmas de las manos y plantas de los pies (que por supuesto es en menor cantidad y tamaño pero que aún así existe). No es de extrañar que, si en la época medieval y en plenilunio un campesino se topara con un enfermo de porfiria, juraría de que había visto un auténtico hombre-lobo y nadie podría convencerle de lo contrario.

Conoce más sobre la porfiria en el siguiente video:



Si te gustan los vampiros y todo lo relacionado a ellos da click en el sigueinte enlace:

La wicca y los secretos de la brujería moderna


 La wicca ha sido creada gracias al compendio de muchas tradiciones sobre brujería antigua, podríamos estar hablando de la brujería moderna que hoy en día se practica. Desde hace más de 600 años los brujos y brujas han sido perseguidos por la inquisición ya que su conocimiento sobre rituales y poderes arcanos era incomprendido. En este video analizaremos esos conocimientos y reflexionaremos sobre el estado actual de estas oscuras prácticas.



 La wicca y los secretos de la brujería moderna


Nuestro primer cigarro: Horacio Quiroga




Nuestro primer cigarro es un relato  del escritor uruguayo Horacio Quiroga. El relato fue publicado en la antología de cuentos de 1917: Cuentos de amor, de locura y de muerte.






Horacio Quiroga (1878-1937)

Ninguna época de mayor alegría que la que nos proporcionó a María y a mí, nuestra tía con su muerte. Lucía volvía de Buenos Aires, donde había pasado tres meses. Esa noche, cuando nos acostábamos, oímos que Lucía decía a mamá:

–¡Qué extraño...! Tengo las cejas hinchadas.

Mamá examinó seguramente las cejas de nuestra tía, pues después de un rato contestó:

–Es cierto... ¿No sientes nada?
–No... Sueño.

Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, notamos de pronto fuerte agitación en casa, puertas que se abrían y no se cerraban, diálogos cortados de exclamaciones, y semblantes asustados. Lucía tenía viruela, y de cierta especie hemorrágica que había adquirido en Buenos Aires. Desde luego, a mi hermana y a mí nos entusiasmó el drama. Las criaturas tienen casi siempre la desgracia de que las grandes cosas no pasen en su casa. ¡Esta vez nuestra tía –¡casualmente nuestra tía!– enferma de viruela! Yo, chico feliz, contaba ya en mi orgullo la amistad de un agente de policía, y el contacto con un payaso que saltando las gradas había tomado asiento a mi lado. Pero ahora el gran acontecimiento pasaba en nuestra propia casa; y al comunicarlo al primer chico que se detuvo en la puerta de calle a mirar, había ya en mis ojos la vanidad con que una criatura de riguroso luto pasa por primera vez ante sus vecinillos atónitos y envidiosos.

Esa misma tarde salimos de casa, instalándonos en la única que pudimos hallar con tanta premura, una vieja quinta de los alrededores. Una hermana de mamá, que había tenido viruela en su niñez, quedó al lado de Lucía. Seguramente en los primeros días mamá pasó crueles angustias por sus hijos que habían besado a la virolenta. Pero en cambio nosotros, convertidos en furiosos robinsones, no teníamos tiempo para acordarnos de nuestra tía. Hacía mucho tiempo que la quinta dormía en su sombrío y húmedo sosiego. Naranjos blanquecinos de diaspis; duraznos rajados en la horqueta; membrillos con aspecto de mimbres; higueras rastreantes a fuerza de abandono, aquello daba, en su tupida hojarasca que ahogaba los pasos, fuerte sensación de paraíso terrenal.

Nosotros no éramos precisamente Adán y Eva; pero sí heroicos robinsones, arrastrados a nuestro destino por una gran desgracia de familia: la muerte de nuestra tía, acaecida cuatro días después de comenzar nuestra exploración. Pasábamos el día entero huroneando por la quinta, bien que las higueras, demasiado tupidas al pie, nos inquietaran un poco. El pozo también suscitaba nuestras preocupaciones geográficas. Era éste un viejo pozo inconcluso, cuyos trabajos se habían detenido a los catorce metros sobre un fondo de piedra, y que desaparecía ahora entre los culantrillos y doradillas de sus paredes. Era, sin embargo, menester explorarlo, y por vía de avanzada logramos con infinitos esfuerzos llevar hasta su borde una gran piedra. Como el pozo quedaba oculto tras un macizo de cañas, nos fue permitida esta maniobra sin que mamá se enterase. No obstante, María, cuya inspiración poética privó siempre en nuestras empresas, obtuvo que aplazáramos el fenómeno hasta que una gran lluvia, llenando a medias el pozo, nos proporcionara satisfacción artística a la par que científica.

Las 3 bases de la alquimia

Azufre                   Mercurio                       Sal
Ilustración de F. Ortiz
Los alquimistas, utilizaban cantidad de elementos y materiales diferentes con diferentes simbologías para lograr sus fines. Según se usaba un material o un método se lograban metas diferentes por varias etapas.

De acuerdo con el alquimista Suizo Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim más conocido como Paracelso, las Tres Bases  (tres principios hipostáticos llamados Tria Prima) son: 
  • Azufre: el principio vital, anónimo e inconsciente.
  • Mercurio: el alma y la conciencia.
  • Sal: el cuerpo, lo sólido, la materia en el sentido propio.

La Tria Prima está formada por los tres cuerpos primarios del hombre: Sal, que compone el cuerpo; azufre, que confecciona el alma y, mercurio, que integra el espíritu.

La Tria Prima no representa sustancia química en sí, sino fuerzas espirituales para crear las condiciones materiales y pasajeras en la naturaleza.

El primer símbolo que veis en la imagen representa el azufre, el principio vital e inconsciente, lo que podríamos denominar alma. El siguiente alude al mercurio, que es la conciencia, el espíritu. Y por último nos encontramos con la sal, lo sólido y la materia, el cuerpo.

La mosca: Horacio Quiroga (Audio-relato)


Las moscas es un relato del escritor Uruguayo Horacio Quiroga (1878 – 1937) es considerado hasta hoy como uno de los mejores cuentistas de nuestra Latinoamérica.

Las moscas es un cuento que trata sobre un hombre que sabe que morirá solo en la selva y en breves momentos. Se relata en primera persona todo lo que es propiamente humano y por tanto espiritual (“clarísima y capital, adquiero desde este instante mismo la certidumbre de que a ras del suelo mi vida está aguardando la instantaneidad de unos  segundos para extinguirse de una vez”); y en tercera persona aquello que es animalidad, materialidad o naturaleza. Son dos voces con las que el autor disecta su ambivalencia, su filosofía materialista y su vivencia de hombre que trasciende la materia y sus circunstancias. Dos voces que reflejan un conflicto interior no exento de un humor irónico, típicamente oriental y también porteño.


La mosca: Horacio Quiroga
(Audio-relato)